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sábado, 3 de julio de 2010

Maquech...

Esta es la leyenda de una bella princesa que tenía los cabellos como las alas de las golondrinas; por eso se llamaba Cuzán, que es el nombre maya de esa ave. Las historias de la belleza de Cuzán se contaban en todo el reino, más allá de los muros de la ciudad sagrada de Yaxchilán.

Cuzán era la hija preferida de Ahnú Dtundtunxcaán, el Gran Señor que se sumerge en el cielo. Era alegre y feliz, y su rostro brillaba como el sol cuando su padre ponía a sus pies lo más bello de sus tesoros de guerra.

Cuando Cuzán tuvo edad para el matrimonio, su padre concertó la unión con el hijo del Halach Uinic de la gran ciudad de Nan Chan; el príncipe Ek Chapat, el futuro Señor del Reino. Cuzán aceptó la elección de su padre.

Un día, al regresar de la guerra, el rey envió los tesoros del botín a Cuzán. Cuando la princesa fue a la sala del Gran Palacio para agradecerle a su padre el rico presente, lo halló acompañado de un hermoso joven llamado Chalpol, Cabeza roja, porque su cabello era de color encendido.

Sus almas quedaron atrapadas en un lazo de fuego. El corazón desbocado de la princesa sólo hallaba sosiego en el nombre de Chalpol. Juraron no olvidarse nunca y se amaron con locura bajo la ceiba sagrada, donde los dioses escuchan las plegarias de los mortales.

Todos en la ciudad sabían que Cuzán estaba prometida al príncipe Ek Chapat de la ciudad de Nan Chan; por eso cuando el rey supo que Chalpol era el amante de su hija, ordenó que fuera sacrificado. Cuzán le suplicó que le perdonara la vida, pero todo fue en vano.

El día señalado Chalpol fue pintado de azul para la ceremonia del sacrificio. Hasta el atrio del templo llegaba el aroma del copal que se quemaba para expulsar los espíritus.

Con los ojos llenos de lágrimas, Cuzán volvió a pedir a su padre que no lo sacrificara, prometiendo que jamás lo volvería a ver y que aceptaría con obediencia ser la esposa del príncipe de Nan Chan.

Después de consultar con los sacerdotes, el Halach Uinic le perdonó la vida, bajo la única condición de que su hija se encerrara en sus habitaciones. Si salía, Chalpol sería sacrificado. En la soledad de su alcoba, la princesa entró en la senda del misterio.

En el silencio de la noche, fue llamada a presentarse ante el Halach Uinic.

Cuando llegó a los patios del templo sus ojos buscaron los de su amado. Tembló al pensar que lo hubieran sacrificado.

Le preguntó a su padre, quien sólo sonrió.

Un hechicero se le acercó ofreciéndole un escarabajo y le dijo:

Cuzán, aquí tienes a tu amado Chalpol. Tu padre le concedió la vida, pero me pidió que lo convirtiera en un insecto por haber tenido la osadía de amarte”.

La princesa Cuzán lo tomó y le dijo: “Juré nunca separarme de ti y cumpliré mi juramento”.

El mejor joyero del reino lo cubrió de piedras preciosas y le sujetó una de sus patitas con una cadenita de oro.

Ella lo prendió a su pecho y le dijo: “Maquech, eres un hombre, escucha el latido de mi corazón, en él vivirás por siempre. He jurado a los dioses no olvidarte nunca”.

“Maquech, los dioses no han conocido nunca un amor tan intenso y tan vivo como este que consume mi alma”.

La princesa Cuzan y su amado Chalpol, convertido en Maquech, se amaron por encima de las leyes del tiempo, con un amor colmado de eternidad...


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domingo, 6 de junio de 2010

Leyenda del Jaguar.



Esto sucedió hace mucho tiempo, en los días en que los animales no se comían unos a otros. Todos se alimentaban de hierbas, frutos y granos.

Vivían muy en paz la torcaza y el gavilán, el gato y el ratón, la zorra y el conejo, el venado y el lobo.

De entre todos los animales, el jaguar destacaba por su hermosa figura y su abrigo de piel amarilla. Donde quiera que iba, siempre presumía su abrigo. A cada rato lo limpiaba con la lengua. Con mucha dedicación y orgullo quitaba cualquier polvo, lana o manchita de lodo.

Una tardecita, el jaguar estaba jugando con una bola de changos y en el relajo, a uno de ellos se le ocurrió aventarle un mamey muy maduro. ¡Zaz!, le pegó de lleno en el lomo, dejándole una mancha. Enojado porque le ensució su abrigo, el tigre le tiró un zarpazo. Al pobre chango le colgaban las tiras de piel desde el cogote hasta la rabadilla. Como le gustó el olor a sangre, el felino arrastró al mono al interior de la selva y lo devoró.

Gritando y chillando, los demás changos corrieron a acusar al jaguar con el señor del monte. El señor del monte era quién mandaba la vida en la selva.
Él, prometió castigarlo y dijo a los monos:

- Suban a esos árboles de ahuacatillos y cuando pase el jaguar, arrójenle la fruta; la marca no se quita y así la piel quedará manchada para siempre. Como es muy presumido será su peor castigo.

El señor del monte ordenó a los jabalíes sacar al felino de su escondite. Cuando pasó por debajo del árbol, cayó sobre él una granizada de ahuacatillos, echando a perder su hermosa piel.

Y se cuenta que, desde entonces, el jaguar se volvió pinto.

El jaguar nunca olvidó lo que le hicieron los monos y los jabalíes, por eso, son su alimento preferido.

Pero para que le costara trabajo atraparlos, el señor del monte les hizo nacer una cola a los monos, para que huyeran por las ramas. A los jabalíes les dio una piel gruesa y resistente y les dijo que anduvieran en manadas para defenderse mejor....

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martes, 18 de mayo de 2010

Los pensamientos y el Colibrí.


Los mayas, más viejos y sabios, cuentan que los dioses crearon todas las cosas de la Tierra. Y a cada animal, a cada árbol y a cada piedra le encargaron un trabajo. Pero, cuando ya habían terminado, notaron que no había nadie encargado de llevar los deseos y los pensamientos de un lado a otro.

Como ya no tenían barro ni maíz para hacer otro animal, tomaron una piedra de jade y tallaron una flecha. Era una flecha muy chiquita. Cuando estuvo lista, soplaron sobre ella y la flechita salió volando. Ya no era una flechita, porque estaba viva.

Los dioses, habían hecho un colibrí.

Era tan frágil y tan ligero el colibrí que podía acercarse a las flores más delicadas sin mover uno solo de sus pétalos. Sus plumas brillaban bajo el sol como gotas de lluvia y reflejaban todos los colores.

Entonces los hombres trataron de atrapar al pájaro precioso para adornarse con sus plumitas.

Los dioses se enojaron y ordenaron: “si alguien lo atrapa, el colibrí morirá”.

Por eso, nunca nadie ha visto un colibrí en una jaula ni en la mano de un hombre.

Así, el misterioso y delicado pajarillo puedo hacer tranquilo su trabajo: llevar de aquí para allá los pensamientos de los hombres. Si te desean un bien, él te trae el deseo; si te desean un mal, él también te lo trae.

Si un colibrí vuela alrededor de tu cabeza, no lo toques. El tomará tu deseo y lo llevará a los otros; piensa bien y desea cosas buenas para todos.

Por algo pasa el colibrí por tu camino; puede ser por bien, o puede ser por mal...

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lunes, 19 de abril de 2010

La piel del Venado.




Los mayas cuentan que hubo una época en la cual la piel del venado era distinta a como hoy la conocemos. En ese tiempo, tenía un color muy claro, por eso el venado podía verse con mucha facilidad desde cualquier parte del monte. Gracias a ello, era presa fácil para los cazadores, quienes apreciaban mucho el sabor de su carne y la resistencia de su piel, que usaban en la construcción de escudos para los guerreros. Por esas razones, el venado era muy perseguido y estuvo a punto de desaparecer de El Mayab.

Pero un día, un pequeño venado bebía agua cuando escuchó voces extrañas; al voltear vio que era un grupo de cazadores que disparaban sus flechas contra él. Muy asustado, el cervatillo corrió tan veloz como se lo permitían sus patas, pero sus perseguidores casi lo atrapaban. Justo cuando una flecha iba a herirlo, resbaló y cayó dentro de una cueva oculta por matorrales.

En esta cueva vivían tres genios buenos, quienes escucharon al venado quejarse, ya que se había lastimado una pata al caer.

Compadecidos por el sufrimiento del animal, los genios aliviaron sus heridas y le permitieron esconderse unos días.

El cervatillo estaba muy agradecido y no se cansaba de lamer las manos de sus protectores, así que los genios le tomaron cariño.
En unos días, el animal sanó y ya podía irse de la cueva. Se despidió de los tres genios, pero antes de que se fuera, uno de ellos le dijo:

—¡Espera! No te vayas aún; queremos concederte un don, pídenos lo que más desees.

El cervatillo lo pensó un rato y después les dijo con seriedad:

—Lo que más deseo es que los venados estemos protegidos de los hombres, ¿ustedes pueden ayudarme?

—Claro que sí —aseguraron los genios.

Luego, lo acompañaron fuera de la cueva. Entonces uno de los genios tomó un poco de tierra y la echó sobre la piel del venado, al mismo tiempo que otro de ellos le pidió al sol que sus rayos cambiaran de color al animal.

Poco a poco, la piel del cervatillo dejó de ser clara y se llenó de manchas, hasta que tuvo el mismo tono que la tierra que cubre el suelo de El Mayab.

En ese momento, el tercer genio dijo:

—A partir de hoy, la piel de los venados tendrá el color de nuestra tierra y con ella será confundida. Así los venados se ocultarán de los cazadores, pero si un día están en peligro, podrán entrar a lo más profundo de las cuevas, allí nadie los encontrará.

El cervatillo agradeció a los genios el favor que le hicieron y corrió a darles la noticia a sus compañeros.

Desde ese día, la piel del venado representa a El Mayab: su color es el de la tierra y las manchas que la cubren son como la entrada de las cuevas.

Todavía hoy, los venados sienten gratitud hacia los genios, pues por el don que les dieron muchos de ellos lograron escapar de los cazadores y todavía habitan la tierra de los mayas...



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miércoles, 24 de marzo de 2010

Legendario Mayab...

Hace mucho, pero mucho tiempo, el señor Itzamná decidió crear una tierra que fuera tan hermosa que todo aquél que la conociera quisiera vivir allí, enamorado de su belleza. Entonces creó El Mayab, la tierra de los elegidos, y sembró en ella las más bellas flores que adornaran los caminos, creó enormes cenotes cuyas aguas cristalinas reflejaran la luz del sol y también profundas cavernas llenas de misterio.

Después, Itzamná le entregó la nueva tierra a los mayas y escogió tres animales para que vivieran por siempre en El Mayab y quien pensara en ellos lo recordara de inmediato.

Los elegidos por Itzamná fueron el faisán, el venado y la serpiente de cascabel.

Los mayas vivieron felices y se encargaron de construir palacios y ciudades de piedra. Mientras, los animales que escogió Itzamná no se cansaban de recorrer El Mayab.

El faisán volaba hasta los árboles más altos y su grito era tan poderoso que podían escucharle todos los habitantes de esa tierra. El venado corría ligero como el viento y la serpiente movía sus cascabeles para producir música a su paso.

Así era la vida en El Mayab, hasta que un día, los chilam, o sea los adivinos mayas, vieron en el futuro algo que les causó gran tristeza. Entonces, llamaron a todos los habitantes, para anunciar lo siguiente:

 —Tenemos que dar noticias que les causarán mucha pena. Pronto nos invadirán hombres venidos de muy lejos; traerán armas y pelearán contra nosotros para quitarnos nuestra tierra. Tal vez no podamos defender El Mayab y lo perderemos.

Al oír las palabras de los chilam, el faisán huyó de inmediato a la selva y se escondió entre las yerbas, pues prefirió dejar de volar para que los invasores no lo encontraran.

Cuando el venado supo que perdería su tierra, sintió una gran tristeza; entonces lloró tanto, que sus lágrimas formaron muchas aguadas. A partir de ese momento, al venado le quedaron los ojos muy húmedos, como si estuviera triste siempre.

Sin duda, quien más se enojó al saber de la conquista fue la serpiente de cascabel; ella decidió olvidar su música y luchar con los enemigos; así que creó un nuevo sonido que produce al mover la cola y que ahora usa antes de atacar.

Como dijeron los chilam, los extranjeros conquistaron El Mayab. Pero aún así, un famoso adivino maya anunció que los tres animales elegidos por Itzamná cumplirán una importante misión en su tierra. Los mayas aún recuerdan las palabras que una vez dijo:

—Mientras las ceibas estén en pie y las cavernas de El Mayab sigan abiertas, habrá esperanza. Llegará el día en que recobraremos nuestra tierra, entonces los mayas deberán reunirse y combatir. Sabrán que la fecha ha llegado cuando reciban tres señales. La primera será del faisán, quien volará sobre los árboles más altos y su sombra podrá verse en todo El Mayab. La segunda señal la traerá el venado, pues atravesará esta tierra de un solo salto. La tercera mensajera será la serpiente de cascabel, que producirá música de nuevo y ésta se oirá por todas partes. Con estas tres señales, los animales avisarán a los mayas que es tiempo de recuperar la tierra que les quitaron.

Ése fue el anuncio del adivino, pero el día aún no llega.

Mientras tanto, los tres animales se preparan para estar listos.

Así, el faisán alisa sus alas, el venado afila sus pezuñas y la serpiente frota sus cascabeles.

Sólo esperan el momento de ser los mensajeros que reúnan a los mayas para recobrar El Mayab...


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jueves, 18 de marzo de 2010

Nikté-Há, Flor de Agua


En lo más profundo de la selva del mayab había un reino maravilloso.

El príncipe de ese reino se llamaba Chacdziedzib, que quiere decir “pájaro cardenal” y estaba enamorado con locura de la hija del guardián del Cenote Sagrado, Nikté – Há, que quiere decir “Flor de Agua”.

Chacdziebdzib, el de la túnica roja, era querido y venerado por su pueblo porque era un guerrero valiente y gallardo que nunca fallaba con las flechas de su arco.

Antes del amanecer, el príncipe buscaba a su amada en las orillas del Cenote Sagrado, y el aire se colmaba con sus palabras de amor a Nikté – Ha cuando la aurora rompía el cielo con sus rayos de luz.

Un día el Gran Sacerdote, convencido que Chacdziedzib debía casarse con una hija de reyes, se opuso a sus amores con Nikté – Ha y convocó a los grandes señores, quienes decidieron que la hija del guardián del Cenote Sagrado, debía morir.

El bufón de la corte había oído todo y, lleno de temor, se lo contó al príncipe, quien ordenó a su mejor guerrero ir en busca de la princesa y traerla al Palacio Real, donde la tomaría por esposa.

El noble guerrero salió a cumplir su misión, pero en la negra oscuridad de la noche unas manos asesinas le quitaron la vida y arrojaron su cuerpo a la espesura.

El bufón volvió a verlo todo. Cuando el príncipe del manto rojo se enteró de lo sucedido, tomó su arco y se dirigió al Cenote Sagrado en busca de su amada.

Esa noche de luna veló su sueño bajo las ceibas.

Cuando al amanecer Nikté – Há fue a mirarse en las aguas quietas del Cenote, el príncipe se acercó a ella y la estrechó entre sus brazos. La amaba con todas sus fuerzas.

Pero de las sombras salió una flecha que atravesó el pecho de la doncella. Su cuerpo frágil y sin vida cayó y se hundió en las aguas del Cenote Sagrado, la morada de los dioses.

El príncipe vió desaparecer el cuerpo de su amada.

Sólo el hermoso hipil blanco de Nikté – Há quedó flotando en las tranquilas aguas del Cenote.

Su dolor era profundo. Bañado en lágrimas rogó a los dioses piedad y compasión. Fue tanto su dolor, que el corazón se le hizo pedazos y cayó agonizante al borde del Cenote Sagrado, sobre un charco de sangre.

Los dioses le escucharon y enviaron al Señor de las Aguas y al Señor de los Pájaros.

El Señor de las Aguas bajó a lo profundo del Cenote y convirtió el cuerpo inerte de Nicté-Há en un hermoso loto.

El Señor de los Pájaros posó sus manos sobre el corazón del príncipe y lo convirtió en un hermoso pájaro cardenal, siempre sediento de amor.

Desde entonces, cuando despunta el alba, un pájaro rojo baja hasta el Cenote Sagrado para cantar con trinos de amor sobre los abiertos cálices de los lotos...

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Del compositor Rubén Darío, con arreglo e interpretación para guitarra clásica de Erick Baqueiro, la jarana en tiempo de tres por cuatro: Nikté - Há, espero sea de su agrado.


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domingo, 26 de abril de 2009

Del Cuzco, Perú.

Era un matrimonio rico, dueño de extensas tierras, bosques, ríos y ganado. Pero no era completa su suerte: la mujer no podía tener hijos, en cambio entre la gente pobre los hijos abundaban. Para tener un heredero hacían misas, rogativas, donativos; consultaban adivinos, oráculos, recurrían a maleficios. El pueblo los acompañaba haciendo caminatas, sacrificios, abluciones. Cuando ya tenían las esperanzas perdidas un día la mujer anunció que estaba embarazada. Menudearon las fiestas.

Un día dio a luz un hijo. Cuando cayó al suelo era un lagarto. Quisieron matarlo pero la madre se opuso y lo crió con amor consagrado.
Esta criatura creció tanto que ocupaba una sala y cuando se enfurecía latigueaba tan fuerte con su cola los muros que era capaz de derrumbar la casa. Un día dijo: ¡Quiero mujer! ¡Cómo!, le reprocharon sus padres, ¡si eres un lagarlo! ¡Quiero mujer!, repitió y la casa se estremecía con sus coletazos. ¡Cálmate! le rogaron, veremos si te conseguimos mujer.
Fueron entonces a ver a una familia pobre que tenía una hija. Ofrecieron tierras, ganado, agua para el regadío. La boda se hizo en la iglesia adonde el lagarto fue conducido sobre un andamiaje ricamente adornado. Después de la ceremonia el cura acompañó a la pareja de regreso a casa, acompañados de la banda de músicos, comparsas y una enorme comitiva de invitados. Mientras se divertían dejaron encerrados al lagarto con su joven esposa. Cuando al otro día fueron a ver el lagarto dormía y solo había restos de huesos de la humilde muchacha. El lagarto la había devorado.
Cuando despertó pidió otra vez: ¡Quiero mujer! Y así se sucedieron las muchachas que fueron sacrificadas para ser devoradas por el lagarto Hasta cierto día que los padres se acercaron con su propuesta a una familia de muchos hermanitos. ¡Sacrifícate por nosotros!, le dijeron los padres a su hijita mayor.
Esta lloró y fue a ver a una anciana que le dijo: ¡Hijita!, no tengas miedo, ¡cásate con el lagarto! y vas a hacer tres cosas que yo te diga. Y se convino entonces en la boda. Aquel día la anciana le instruyó a la niña: Él te va a decir ¡Entra a la cama! Le dirás: ¡Tú primero! Te dirá: ¡Apaga la luz! Tú apagas la luz. Él te va a decir entonces: ¡Desnúdate! Tú le dirás: ¡Tú primero! Allí vas a escuchar un ruido tremendo, como el de una cascada, pero no tengas miedo, por nada del mundo enciendas la luz. Todo hizo la niña como la anciana le instruyó, menos pudo soportar la curiosidad de encender la luz.
Y cuando lo hizo vio a un ser hermoso, esplendente, un ser iluminado, quien desapareció dejando sobre el lecho una ruma de escamas. La niña, como legítima esposa, heredó todas las haciendas y bienes de la pareja de ancianos, que la llegaron a querer mucho, porque era buena y hacendosa. Ella repartió después toda aquella riqueza entre los pobres.

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El mensaje de este blog

Llena lo cotidiano de amor, de entrega y cuando la tristeza quiera empezar a caminar en ti, ábrele la puerta y píntala de pájaros y niños, y la magia hará que a través de las lágrimas, brille una sonrisa.

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